- Eres imbécil.
- Me lo dices con frecuencia.
-
Bre estaba firmando una serie de papeles sobre una carpetita de esas tan monas con pinza que le regalan a todos los doctorados. Podría decirse que no me estaba haciendo el mínimo caso, pero en realidad sólo me prestaba atención a mí. Me rasqué el dorso de la mano, había una costra que me llamaba a hacerlo.
- Debería decírtelo más, porque cada día que pasa tu edad mental se deteriora.
- Ya sé que no debía…
- Ni debías ni tenias ni nada. ¿Qué es eso de pegarle a un compañero?- levantó el montón de papel y me lo puso en las narices- ¿Sabes cuánto me voy a gastar en bolígrafos por tu culpa?
-
Bufé sonoramente. No tenía ganas de un blahblah interminable y sarcástico, tenía ganas de una Cocacola y un McMierda. Y una cama no estaría mal. Y un negro abanicándome. ¡Axel abanicándome! Y sirviéndome piña colada, ¡JAH!
- ¿Me estás escuchando?
- Creo que no.
Ahora bufó ella.
- Te voy a poner un castigo que te vas a quedar sin ganas de tocarme los cojones durante años.
- …¡pero!
- Pero nada. Igualmente me voy a tener que joder yo también y ceñirme a la normativa de la institución –torció la boca- y yo que te creía por un niño buenecito y que ibas a acabar siendo el mesías de los exyonkis…
- Se nota que te aburres.
- Tu castigo –me ignoró completamente- va a ser un mes de servicios aquí, en el reformatorio. Y servicios desagradables y sucios. Prepárate para desatascar lavabos hasta que te acabe gustando el olor a meado.
- ¿Y Neil qué?
- ¿Neil qué?
- ¿No le castigáis por gilipollas?
- Ojalá pudiese castigaros a todos por gilipollas. Pero el rector ha denegado varias veces mi petición.
Siguió firmando. Había una pequeñísima parte de mi que se sentía culpable, no por el hecho de haberle partido la cara a un idiota, si no porque uno de los papeles sobre la mesa de Bre era una carta para mis padres. Podría haberme rebajado a pedirle que no la enviase para que fuera un secreto entre nosotros dos. Bueno, nosotros y el reformatorio. Pero no tenía derecho. La había cagado y bien, no se iba a borrar esa huella de culpabilidad hasta que pagase con creces el error.
- Me cambiaréis de habitación, supongo.
- Ni de coña, la manchada de sangre es tuya, y tú la limpias.
- ¡No me vas a dejar con él!
- ¿Quién ha dicho eso? Ya veremos a quien te encasquetamos.
- A ser posible no otro traficante.
- ¿Tiene más exigencias el señorito?
- ¿Ambientador para el baño?
Bre se levantó de su butaca y la imité. Me dio unos papeles que debía firmar y entregar yo mismo en dirección.
- Ahora hablando en serio- me abrió la puerta- ten cuidado.
- …Lo sé
- No todos se lo pensarían dos veces antes de clavarte una navaja. Ten un arrebato con quien no debes y mañana estarás metido en un saco.
- No lo haría hecho de ser así.
- Supongo. De todos modos, vas a tener problemas, y no lo hablo por la dirección. Los clientes cabreados no son buena compañía.
- Lo tengo en cuenta. Tendré cuidado.
- Más te vale.
- Gracias – le sonreí.
Puede parecer que alguien que ha matado, robado, agredido a otras personas, ya no es capaz de sentir empatía por los demás. Sin embargo, aquí, más que en ningún otro sitio en el mundo, todos somos capaces de comprender que el blanco y el negro son un invento publicitario moralista, el mundo está hecho de diferentes tonos de gris. Aunque el rector difiere.
Tras una larga hora de charla que no escuché, entrega de papeles, más charla y algún blahblah sin importancia, me comunicó – bueno, me escupió- que mi compañero se había trasladado esta mañana, ya que yo me había pasado el día anterior y parte del actual en detención en otra sala.
Fui a paso lento hasta mi habitación y la abrí con facilidad, fuera quien fuese el nuevo no había echado el cerrojo, más le valía que no me hubiesen robado nada. Cuando entré sentí el calor húmedo del vapor que se forma cuando te tomas una ducha ardiendo, así que supuse que estaba dentro.
- ¿Hola?- me acerqué a la puerta del baño- ¿Nuevo?- no respondió nadie.
Repiqueteé en la viejísima puerta y la empujé suavemente.
- ¿Oy-… PERDON!
Salí corriendo del baño tapándome los ojos con las manos.
richan - 2008-10-09
El viajecito al comedor de caridad me regaló una semana gratis en un hospital, más libre de lo que había estado en mucho tiempo, aunque no tuve tiempo de aprovecharlo. Pasaba de la inconciencia a la conciencia en minutos, o al menos eso me parecía a mí. Vomité, me desmayé por falta de oxigeno y volví en mi al siguiente segundo, con una mascara de oxigeno en la cara que no sabía de donde había salido, y vuelta a empezar hasta que logré estabilizarme. O, mejor dicho, hasta que lograron estabilizarme. Entonces dormía mucho y me enteraba de poco. De vez en cuando me despertaba y tenía una enfermera al lado toqueteando algún aparato o metiéndome alguna mierda para los dolores que debería estar padeciendo. Ni siquiera se preocupaba en decirme qué hacía o por qué.
Lo mismo de siempre, aunque esa vez se alargó una semana.
Si me servía para algo estar algún tiempo limpia era para ver en que me había convertido para los demás. Normalmente era Gil quien estaba a mi lado en esos escasos días de lucidez, y era demasiado amable como para tratarme como una yonki algo descerebrada. Me acariciaba la cabeza y hablaba conmigo. Me informaba de todos los pasos que hacía, y se esperaba a que me fuese antes de volver a sus asuntos, no sin antes ofrecerse para todo lo que necesitara, cuando sintiera que lo necesitara de verdad. Pero los hospitales eran diferentes. Allí perdía los cinco años que había ganado con Gil. No era nada más que un paciente, o ni siquiera eso. Ahí era un trozo de carne infectada que había que desinfectar y devolver a la carnicería. Era algo así como un caso perdido de entre tantos. Me preguntaba si alguna vez había sido otra cosa.
Con la droga se pierden bastantes recuerdos.
Cuando volví a Sankt Fremont, pensé que me esperaban siete días más de aislamiento, probablemente peor que los anteriores (con los años había terminando desarrollando cierta aversión hacia la oscuridad y los espacios cerrados, pequeños y oscuros), pero no fue así. Me dejaron deambulando por el edificio, sin vigilancia ni una visita a Bre o a Gil. Tardé en creérmelo una media hora, y cuando al fin supe que no iban a haber represalias esta vez, decidí volver a la rutina, aunque suavemente. No iba a tirar por la borda una semana de desintoxicación. Cuando me topé con Neil, pero, cambié de opinión.
Deambulé como una verdadera alma en pena por el reformatorio. Ya no tenía nada que hacer. Saludar, sonreír, mandar a la mierda, drogarse, perderse, saludar, sonreír, mandar a la mierda… Era más emocionante intentar no morirse.
Salí al patio. Hacía un buen día, o al menos hacía sol. Escudriñé cada rincón buscando nada en particular. O sí, pero sabía que no estaría allí, con los matones, o con los deportistas, o con esas dos chicas tomando el sol, o… Volví a mirar a las dos figuras femeninas. No me sonaban de nada.
Me encaminé hacia ellas. Abrí la boca antes de darme cuenta, y cuando fui consciente del tono que utilicé, sonreí para no parecer tanto una chica de reformatorio.
No me respondieron al instante. La morena me miraba con el ceño un poco fruncido y los ojos clavados en mi pelo, con una curiosidad creciente mal disimulada (o tal vez ni intentaba disimularla). Había cierto punto desafiante en toda su actitud. Por el contrario, la rubia, probablemente la menor, me miraba dócilmente. No había curiosidad pero si sorpresa.
Me agaché hasta tener la cabeza a la misma altura que las suyas y me presente. “Hey, soy H.” Una sonrió amablemente; la otra no.
- ¿Qué tipo de nombre es H?
- Un… diminutivo.- se podría decir así, al menos.- ¿Cómo te llamas tú?- miré a mi izquierda, donde estaba el pequeño ángel sumiso.
- Jaden Croes, encantada.
- Que educada.- comenté. Se sonrojó. Me reí y miré a la otra chica.
- Ella es Lea Vankouver.- la susodicha no intentó ser amable, o tal vez al lado de Jaden su amabilidad era imperceptible. Al menos era sincera.
- Todo un placer saber vuestros nombres.- me reí por lo bajo.- Sois nuevas, ¿no? Al menos tú seguro.- señalé con la cabeza a Croes- y tú también, porque no me suenas, y después de tanto tiempo por aquí me conozco todas las caras. Bueno, todas no, muchas.
- ¿Tanto tiempo…?
- Cinco años. Soy senior, pequeños saltamontes.
- ¿Y te enorgullece?- Lea habló en un tono de lo más cínico, acompañado por una expresión de lo más cínica, también.
- Es lo que hay.- Me encogí de hombros y cambié de tema.- ¿Qué hacéis aquí? Y no pregunto qué habéis hecho para estar aquí.
- Tal vez tampoco te respondiéramos.- volví a reírme.
- Lea, aunque no lo quieras, eres un encanto.
Se cabreó, o dio esa impresión. Seguramente creía que me estaba cachondeando de ella, pero no era así. Si se hundiera Sankt Fremont y tuviera que salvar a una de ellas dos, la salvaría a ella. Le daría un poco de salsa a mi vida. Aunque, pensándolo mejor, si se hundiera no estaría pensando en salvarlas precisamente a ellas.
Esperé su comentario, seguramente ácido, pero no llegó. Estaba mirando un punto indeterminado encima de mi cabeza, igual que Jaden. Me giré un poco y vi al nuevo del otro día, ¿Ethan?, algo nervioso.
Me levanté.
- ¿Tienes algo?
- Vaya,- negué con la cabeza.- creo que tengo asuntos pendientes.
Me despedí de ellas con la mano y me dirigí otra vez dentro del reformatorio.
Ethan caminaba a mi lado, y sólo me di cuenta de la presencia de la chica rubia que creía haber dejado en el patio cuando me di la vuelta. Le di lo que tenía que darle al chico y decidí dejarles solos. Jaden le miraba entre sorprendida y triste, pareciendo más un cachorro abandonado que una cría que, si no se endurecía un poco, terminaría peor que la mayoría. Le di un par de palmaditas en el hombro que hicieron que se encogiera un poco y me largué con una media sonrisa bailando en los labios que pronto se desvaneció al poner un pie en el piso de las habitaciones.
¿Eso que intentaban llevarse a rastras, sin demasiado éxito, era Ryou?
¿Desde cuando tenía tan mal genio?
Cuando sacudí la cabeza y reaccioné, ya no estaba nadie, ni él ni los gorilas, y lo único que me aseguraba que no lo había soñado era el ambiente bulliciosos que habían dejado tras de sí.
Me acerqué a la puerta por la que parecía que habían sacado a Ryou, y vi un bulto gimiente en el suelo.
-¿Neil?
Si me oyó, me ignoró, y antes de que pudiera volver a llamarle, me apartaron dos gorilas más. Le sacaron como a un saco de patatas. Advertí que iban dejando un rastro de gotas de sangre, pero sólo esperé que no nos lo hicieran limpiar a nosotros más tarde, con toda esa tontería de mantenerlo todo limpio e impoluto.
Desaparecí antes de que mis sospechas pudieran hacerse reales.
Pateé la puerta para entrar en la habitación que compartía con Mimi. Había esperado encontrarla ahí, pero no estaba.
Mejor.
Me metí en el baño y me quedé como un troncó durante varias horas, apoyada entre el WC y la pared, hasta que me despertó el ruido de la puerta. Ni siquiera hoy logro comprender como pude dormirme en una posición tan incómoda.
Utena - 2008-06-04
Estaba escaqueándome de trabajar en una esquina un poco solitaria, CocaCola en mano. Quizá justamente por ser un lugar apartado, debí ser el último en toda la puta excursión que se enterase de que Gil andaba con H en brazos fallando al intentar pasar desapercibido. También fui el último en enterarme de que estaba al borde de la sobredosis. Fue Mimi quien me dijo que se la habían llevado al hospital y que no iba a encontrarla en la enfermería.
No sabía cuanto tiempo era el normal para algo así, hacía una semana desde que se la habían llevado y no había maldita forma de hablar con Gil, Bre se iba a reír en mi cara después de mandarme a la mierda. No estaba de humor para eso. No estaba de humor para nada. Axel se me había acercado el segundo día explicándome su incansable charlatanería sobre yonkis y drogas y le había mandado a la puta mierda antes de saber a donde iba a parar. No es que estuviese pillado, tampoco que buscase a H como un poseso por el reformatorio –que puede que un poco sí- es sólo que era fácil verla resaltar entre los demás. Así de fácil era también notar su ausencia.
Convivir casi veinticuatro horas con un niñato prepotente tampoco era santo se mi devoción. No se de quien había sido la idea de meter a Diederich en mi habitación, pero ya iban un par de veces que estaba a centímetros de partirle la cara. El idiota que aun no tenía ni pelos en la polla hacía apología de la drogadicción en la puerta de MI habitación, e incluso se había atrevido a dar permiso a sus clientes para picar a MI puerta a cualquier hora del día. Siete días sin carne en el menú, sin luz del sol y con un niño jugando a traficante eran muchos días. Demasiados.
Me tiré en la cama al acabar las clases, incluso un colchón deformado era un buen lugar para poner mi culo después de una soporífera clase de historia interminable. Estaba justo en ese estado de modorra en el que el cerebro empieza a liberar serotonina lentamente y eres sumamente feliz contigo y con el cosmos, cuando entró dejando caer pesadamente algo al suelo y devolviéndome a la cruda realidad.
- ¿Por qué no te metes la mochila por el culo?
- ¿Por qué no me la metes tú? –se sentó de golpe en la silla abriendo el paquete de maría y tabaco que siempre guardaba en su bolsillo.
- Sabía que eras puto, pero no maricón.
Rodó los ojos.
- Hoy no tengo ganas de jugar contigo.
- Mejor, para partirte la cara tendría que levantarme y no tengo ganas.
Para mi sorpresa, sacó un nuevo paquete bien envuelto del bolsillo interior de su chaqueta.
- ¿Te vas a quedar toda la tarde aquí encerrado, Kijima?
- Depende, ¿te jodería si lo hiciese?
- Tengo un trabajo pendiente, no querrás verte involucrado –me sonrió socarronamente. Aun seguía preguntándome que tipo de retorcido orgullo puede tener alguien que vende mierda a adolescentes y les arruina la vida.
- ¿Importarme unos gramos de heroína? Supondré que no sabes por qué estoy aquí.
- Tienes pinta de robo a mano armada ¿verdad que si?
- Tengo que hablar con mi representante antes de responder a esa pregunta.
- Lo que yo decía.
- ¿Te doy su tarjeta? Parece importarte más mi vida que tu mierda de existencia.
- Mi mierda de existencia tiene hoy un buen día. H ha vuelto del hospital, y ya sabes, siete días son muchos días sin un buen chute...
Espera.
- ¿H ha vuelto?
- Esta mañana, ¿qué pasa, te debe un trabajito? –sonrió para si mismo- Me pregunto cuando llegará el día que no me pueda pagar sólo con dinero…
Hay ciertos momentos en los que debería utilizar mi cerebro y pensar con coherencia. El problema es que tengo un límite de paciencia y testosterona, y cuando este se rebasa, pues pasa lo que pasa. Quizá era el puto amo entre enfermos e idiotas, pero a mi no me vacila nadie.
No estaba precisamente en una posición privilegiada, pero de todos modos lo agarré de la camiseta y lo estampé contra el escritorio. Y contra la pared. Y contra el escritorio otra vez.
- ¿¡Pero qué coñ…!?
- ¡Cierra la puta boca!
Intenté darle un buen puñetazo en la cara, pero el hijo de puta se hizo un ovillo y me dio una patada en la espinilla. Afortunadamente, con lo enanas que eran nuestras habitaciones, tirar a un tío al suelo y arrinconarlo contra el armario era coser y cantar. Hacía un año y poco que no reventaba a alguien pegándole patadas en el estómago de esa forma, pero al parecer no había perdido facultades.
Otro problema de nuestras habitaciones, era que los muros eran como el papel. En unos minutos ya tenía a dos guardias de seguridad encima separándome del puto niñato que se había puesto a chillar como una nena, sacándome de MI habitación y evidentemente llevándome a una sala de aislamiento hasta que se me pasase el cabreo. Cosa difícil.
Seguí metiendo hostias a todo lo que se me ponía por delante hasta que uno de los gorilas me retorció el brazo dolorosamente haciéndome andar a empujones. Medio reformatorio estaba gritando entusiasmado para que comenzase otra pelea, el otro medio ya empezaba a pelearse, y yo sólo podía pensar en que acaba de joderlo todo. Cada maldito minuto de mi estancia en el Sankt Fremont había estado medido para poder salir con la mayoría de edad, mi única baza para no ser condenado por asesinato era mi buen comportamiento, mi juventud y la teórica enajenación mental. Quizá acaba de joderlo todo, quizá no.
Pero, ¿Y lo a gusto que me sentía ahora?
richan - 2008-06-02
El tiempo se diluía, fundiéndose con la lluvia y su monótono golpeteo contra la ventana. De vez en cuando alzaba la mirada hacia ella y parecía como si los mismos cristales lloraran, ecos de los cielos abiertos descargando su contenido de rabia y frustración. Pero tal vez fuera que iba demasiado colocada.
Había sido un día aburrido. Muy aburrido. Mi edad me había impedido participar en la ‘excursión’ de la que sí habían disfrutado los mayores de dieciséis, que no es que me interesara particularmente, pero cualquier oportunidad de salir del Sankt Fremont era bien recibida, incluso si ibas a parar a un sitio todavía peor (cosa que, pensándolo bien, probablemente habría sucedido. El comedor para indigentes, como los llamaban los psicólogos del centro y también mi madre, cuando le daba por aparentar que no era una enfermera corriente y moliente de clase social más bien baja, tenía pinta de ser aún más deprimente que esto).
Así que me había dedicado, básicamente, a no hacer nada. Vagar por las instalaciones como alma en pena, vegetar en la habitación y darle los últimos retoques a mi redacción sobre Axel. Y chutarme mientras las gotas de lluvia dibujaban formas que recordaban a cuerpos desnudos sobre el cristal.
A la hora de la cena, hacía tanto frío que la niebla y la lluvia se te metían en los huesos y no importaba cuántas capas de ropa llevaras, porque acababas tiritando de todas maneras. Oí que alguien me decía algo por llevar gorro (de lana blanca con un pompón en el extremo: una puta cucada) dentro del comedor, a lo que respondí con una mueca y me dirigí hacia la pila de bandejas, lista para recibir mi obligada ración de mierda sazonada con sal y algo de ketchup.
Paseé la mirada por las mesas, buscando un sitio libre. Las más cercanas a las dos estufas que había ya estaban repletas, y no parecía que los ocupantes fueran a terminar en un futuro cercano. Me tambaleé por el esfuerzo que me suponía permanecer más de dos segundos de pie intentando mantener el equilibrio, y la mitad de mi agua rebasó el vaso de plástico y salpicó la bandeja.
Las gotas parecieron trazar millares de parábolas perfectamente dibujadas en el espacio y en el tiempo hasta que impactaron contra el plástico rojo.
Cuando por fin levanté los ojos del fascinante espectáculo, me encontré de frente con otro todavía mejor. En la mesa que tenía justo delante estaba sentado un recién llegado del comedor de la caridad Axel, demasiado ocupado peleándose con el bistec congelado, descongelado y vuelto a congelar unas cuantas veces como para percatarse de mi presencia.
Sin dejar que la amplia distancia que había entre la mesa y las dos únicas fuentes de calor de todo el comedor me desanimara, me encaminé hacia la silla frente a él. Mis movimientos parecían transcurrir a cámara lenta, como si alguien que fuera muy ciego o muy pasado hubiera pillado el mando y estuviera parando y reanudando la película sin parar. Fue eso lo que me permitió darme cuenta de que alguien se me había adelantado, una chica morena a la que no había visto nunca. Debía de ser nueva.
No alcancé a oír lo que le preguntó, seguramente un ‘¿Puedo sentarme aquí?’, pero sí que vi la sonrisa de Axel al responder afirmativamente.
Algo me quemó en las entrañas, un fogonazo, como te quema la cocaína en la nariz al esnifarla la primera vez.
Luego te acostumbras.
Se me secó la boca y la poca agua que quedaba en el vaso se fue a tomar por culo. De pronto decidí, inconscientemente, que no quería comer, que no tenía hambre, que prefería pasarme la noche en vela con las tripas rugiendo, y dejé caer la bandeja al suelo sin muchos miramientos. El ruido reverberó por todo el comedor, haciendo que Axel levantara la vista. Me vio ahí de pie, con los brazos todavía separados del cuerpo como para sujetar la bandeja, mirando estúpidamente a un punto indeterminado frente a mí.
Di media vuelta y salí del comedor. Joder, joder, joder. JODER, era lo único en lo que podía pensar. Joderhostiaputayasuputamadrecomoengancheaesazorralavoyamatarahostias, le voy a destrozar esa carita de chupapollas que tiene.
Me choqué con alguien, un obstáculo que se interpuso en mi camino y que no llegué a identificar. Una tía, y una de las putas, a juzgar por el profundo escote que exhibía. La agarré por los cuellos de la camisa rosa (o top rosa, mejor dicho) que llevaba y la levanté en vilo unos cuatro o cinco centímetros, para luego soltarla con todas mis fuerzas.
Seguí caminando, corriendo, gateando; qué sé yo cómo me movía. No veía nada de tanto cabreo que tenía encima, y si me hubieran dado una pistola no sé a por quién hubiera ido primero, si a por la zorrupia esa del comedor o a por mí misma.
Ni siquiera sabía dónde estaba, pero resollaba y me daban pinchazos en el costado. Me apoyé contra la pared para recuperar el jodido aliento, y de pronto me pareció una postura demasiado cómoda como para dejarla pasar. Con la espalda contra el muro, me deslicé hasta el suelo y forcejeé un buen rato con las cremalleras de los bolsillos de la cazadora hasta encontrar una cajeta y el mechero.
Con manos temblorosas, encendí un pito y me esforcé por tranquilizarme. Fuera, la lluvia seguía cayendo. El cielo se desangraba.
Tenía la vaga sensación de que a esto no iba a conseguir acostumbrarme tan fácilmente como a la coca.
=OUT=
No estoy muerta, nooo~
So aquí está el post que habíamos planeado desde hace tanto tiempo, Kitty (L)
Cleo - 2008-05/31
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