Me desperté en medio de la noche, mareada por una pesadilla y agarrada a las sábanas, deseando como nunca antes una buena copa de brandy con hielo. Me sentía como una jodida drogadicta, todo el día pensando en la sequedad que sentía en la garganta y en mi incapacidad para hacer ciertas cosas –como, por ejemplo, tirarme al tipo de la 2B que llevaba tres días detrás de mí como un perro faldero– sin antes haber ingerido unos buenos grados de alcohol para que todo pareciera más fácil y menos deprimente.

Aún resonaba en mi cabeza la conversación que había tenido la tarde anterior con Bre, mi psicóloga y torturadora personal.

-Lo que tú tienes es mono, Vankouver, mono de verdad, porque eres alcohólica. El primer paso para superarlo es aceptarlo.
-Es que yo no soy eso. Lo era mi padre, ya te lo dije. Un puto alcohólico que nos jodía la vida a mi madre y a mí. Se sentaba en su butaca y no se levantaba hasta que hubiera dado cuenta de la botella de whisky. Desayunaba alcohol y no se dormía sin haber ingerido antes alcohol. Eso es tener un problema, no lo mío.
-Ya. Claro. Veo que estamos en la primera fase del duelo.
-¡Qué duelo ni que niño muerto! ¿Pero es que tú no me escuchas cuando hablo?
-Tsk, negación. –Bre negó con la cabeza-. ¿Cuándo pasaremos a la ira, y a la negociación? Me tienes hasta el coño con tus quejas de niña mimada.
-¿Estás intentando que pase a la ira? No pienso enfadarme para complacerte. De hecho, no estoy enfadada con nadie. Sólo quiero pasar este mal trago, que se termine y poder salir. Así que lo mejor que puedo hacer es estarme tranquila y esperar.
-¿Estarte tranquila, aquí? ¿Esperar sin hacer nada, tú? No me hagas reír. Y anda, vete, sal de mi vista y busca a alguien con quien pelearte para desahogarte y que en la próxima sesión podamos pasar al problema de verdad. –y se despidió de mí con una mano mientras su atención se concentraba en el siguiente expediente.

Pasé desde las cuatro de la mañana hasta las seis sin pegar ojo, pensando en tantas cosas que me rondaban la cabeza que acabé sintiéndola embotada, como si ya no pudiera albergar más preocupaciones. Al final acabé decidida a no claudicar al deseo de beber y a tratar de acostumbrarme a mi nueva vida en el reformatorio lo más pronto posible, para empezar a conocer gente con la que hablar y que me ayudaran a aislarme de todo. Lo único que quería era que mi periodo de residencia se me hiciera lo más corto posible y comprendí, en un arrebato de lucidez, que en realidad eso era lo que deseaban todos los chicos que pasaban por aquí.

Era sábado pero, aún así, Jaden bajó de su litera a las nueve y, con el ruido que hacía en el cuarto de baño al ducharse, acabó despertándome. Me puse de pie y con los ojos enrojecidos por la falta de sueño y andar errático entré en el baño, me bajé las bragas y me dispuse a mear. Cuando la niña rubia abrió la cortina y me vio, se sonrojó como si de una colegiala se tratase y me pidió que si le podía pasar la toalla.

-¿Me acompañas a desayunar? –me preguntó, un rato después, cuando ella ya estaba secándose el pelo en el pasillo y yo me disponía a entrar a la ducha. De repente me dio por pensar que todo aquello parecía más un campamento de verano que un reformatorio para adolescentes problemáticos, sobre todo por la forma risueña con que se comportaba ella, que hasta entró una vez más al baño para echarse perfume en cuello y muñecas. Me pregunté para quién querría ella estar tan guapa.

Cuando salí ya vestida –con unos vaqueros desgastados, una camiseta azul que no era nada del otro mundo y los habituales calentadores que me llegaban hasta el codo– ella preguntó ¿Quieres, Lea?, y, sin esperar contestación, me roció con la colonia, que olía igual que el champú de Haley, como a inocencia y a rosas. Le pedí, con un gruñido, que no me volviera a echar esa cosa. Lo que menos me caracterizaba a mí eran la inocencia y las rosas, por Dios.

Estaba cabreada; estaba muy, muy cabreada, pero aún así Jaden me aguantó. Después del desayuno sugirió que podíamos ir a la cancha de baloncesto a hacer unas canastas. Ninguna de las dos teníamos mucha idea de baloncesto, y seguramente cometeríamos mil faltas por segundo, pero eso nos importó bastante poco. Me gustó correr con la pelota en las manos, la respiración entrecortada, y notar el sol en la cara, cegándome. Sentía la adrenalina correr por mis venas igual que lo hacía antes, cuando la música de cualquier pub me resonaba en los oídos y yo bailaba hasta caer redonda sobre cualquier sofá. Al rato noté que alguien me miraba y, cuando me volví, descubrí a lo lejos la sonrisa fanfarrona de un tipo que me era muy familiar. Se había parado en medio del patio, con las manos en los bolsillos, y llevaba un grupo de cinco o seis latinos a la zaga. Era el imbécil con el que me había peleado en el comedor de indigentes, aunque yo ni siquiera sabía cómo se llamaba. Le saqué la lengua –porque fue lo primero que se me ocurrió, tal vez por el influjo de pasar tantas horas con la buena de Jaden- y él se rió. Me dieron ganas de estamparle la pelota en la cara, pero en aquellos momentos ésta estaba en manos de la rubia, así que me di la vuelta y lo ignoré.

-¿Eres amiga de Benjamin? –me preguntó Jaden, cuando estábamos ya exhaustas y tumbadas en el suelo, sin nada mejor que hacer.
-¿Quién?
-El chico que te miraba antes. Benjamin Montana.
-Vaya, así que ese es el nombre del neandertal. No es mi amigo. De hecho, creo que es un estúpido y un arrogante.

A Jaden no le gustaba escucharme hablar mal de los demás, así que se incorporó y, mirándome a los ojos, me dijo;

-No es un mal chico, Lea. En serio, no es tan malo como quiere aparentar.
-¿Tan bien lo conoces?

Ella se encogió de hombros.

-Sencillamente se le nota. Sé dónde encontrar la maldad –y su rostro adquirió un tinte de preocupación-. Lo sé por experiencia.

Jaden no era tan feliz como quería aparentar; de eso estuve segura en aquél momento. Pero, por muchas cosas buenas que me dijeran de aquél tipo, el hecho era que él me había echado a perder una camiseta y luego me había insultado en mi cara. Además, desde ese día, no podía sacármelo de la cabeza. Era como si tuviera una urgente necesidad de tener otro encontronazo con él.

De repente, una sombra nos tapó la cara a las dos. Al alzar los ojos hacia arriba, me pareció ver un destello rosa. Instintivamente me dio por pensar en esos animalejos rosas que salían en los documentales del National Geographic. Flamencos, o algo así.

-¿Tomando el sol, niñitas? –inquirió una voz mitad suave, mitad amenazadora.


=OUT=
Como dijo Utena, ha transcurrido una semana desde el último post de ella -H- y de Ethan.

Lea - 2008-05-01

···································

El autobús olía mejor que el comedor de indigentes, aunque aún me escocía la nariz por el polvo de los sillones.

Un murmullo creciente comenzó a extenderse desde la parte de atrás del autocar hasta donde estábamos sentados Lea y yo, ella tumbada con los ojos cerrados y yo mirando por la ventana el paisaje que pasaba como un relámpago ante mis ojos.

Cuando el chofer aparcó en la entrada del Sankt Fremont hubo un par de gritos para ver quién se bajaba primero. No me gusta la gente que grita, es como si pensara que así conseguirán lo que quieren cuando lo único a lo que llegan es a desagradar a la mayoría. Fruncí el entrecejo y me bajé, para luego buscar con la mirada a Lea que bajó detrás de mí y caminamos juntos hasta el centro.

-Ha sido un asco, ¿eh? A saber qué tenían los platos que lavamos –me miró entre asqueada y preocupada recordándome a alguien que ahora no sería bueno volver a recordar.
-Podría haber sido peor, al menos hemos ayudado un poco a esa gente –le di un toquecito en el hombro.
-A los indigentes puede que sí, pero dudo mucho que alguien pueda ayudar a esos drogadictos y alcohólicos. Es casi imposible que salgan de toda esa mierda –fue como si no se diera cuenta de que toda esa gente se parecía a nosotros más de lo que deberían. Sentí como si me hubiera dado con el puño en el estómago y miré al suelo, deprimido.
-Hay que tener fe, Lea –susurré.
-Lo que te pasa a ti es que has salido de la madriguera del conejo de Alicia o algo por el estilo. No me explico cómo alguien puede ser tan… como tú. Eres incorregible, Ethan.
-Y tú eres demasiado negativa. ¿Quién te dice que no saldrás de aquí curada y con una nueva vida esperándote? –le pregunté. Al menos yo tenía la esperanza de que fuera así.
-Yo no tengo que curarme de nada –me gruñó, y me arrepentí enseguida de haberle dicho nada. –Y además, no me gusta hablar del futuro cuando ni aquí, en el presente, sé muy bien dónde estoy. Anda, vamos a comer y a olvidarnos de todo esto.

Asentí rápido para no molestarla de nuevo y echamos a andar hacia el comedor del centro. Quizás fue el rumbo de la conversación pero empecé a sentir de nuevo el mono aprisionándome como si fuera a estallarme la cabeza. Intenté poner buena cara mientras hablábamos de algo superficial que a ninguno de los dos nos interesaba en realidad. Entonces Lea se paró y me miró, con una especie de sonrisa que parecía más una mueca.

-Eh, ¿te acuerdas de que te dije que te parecías a Jaden? –me preguntó.
La miré extrañado y luego asentí. Mientras lavábamos los platos me había dicho que era igual de dulce que pero yo no sabía quién era la chica en cuestión.

-Pues es ésa –levantó el brazo, tapado por un calentador azul, y señaló a una chica rubia que se acercaba a nosotros con una sonrisa. Una sonrisa muy bonita.
-¡Hola Lea! ¿Cómo te lo has pasado? Hola –me saludó. Nos miramos durante un par de segundos y entonces Lea habló de nuevo.
-Preferiría no haber ido, pero he conocido a Romeo –se burló y me dio un golpe en el hombro. –Mira Ethan, ella es Jaden, mi compañera de habitación. Jaden, él es Ethan, caballero andante en sus ratos libres.
La situación me pareció demasiado incómoda. No supe si tenía que darle la mano, dos besos o no hacer nada con respecto a la chica que me acababa de presentar hasta que Lea levantó la mano, aburrida.

-Yo me voy por allí –anunció. –Adiós.

Abrí la boca para decir algo pero la cerré de inmediato porque no quería que Jaden pensara que era tonto o algo. Ella me miró otra vez y nos quedamos callados. Tragué un poco y hablé.

-Lea y yo íbamos a comer. ¿Quieres venir? –ofrecí. De antemano supuse que se iba a negar porque no me conocía pero tampoco quería ser maleducado con ella.
-Mmm. ¿No te importa? De todas formas yo iba a comer también –me contestó.

Sonrió con timidez y no pude evitar responderle a la sonrisa. Me llevé una mano a la nuca y me rasqué el cuello, aún nervioso.

-Así que tú eres Jaden –murmuré.
Ella asintió y me volvió a mirar.
-¿Por qué lo dices? –se rió. Su risa era suave, delicada. Me gustó.
-Lea me ha hablado un poco de ti –le contesté mientras caminábamos hacia el comedor.
-¿Si? –abrió los ojos, curiosa. -¿Y qué te ha dicho?
-Bueno –me reí, cómodo. –Según ella, nos parecemos mucho. Soy un “chico de lo más raro” –le dije, gesticulando con las manos.

Nos pusimos a la cola y cogí dos bandejas. Le di una y me coloqué la mía debajo del brazo. La fila era larga.

-¿Llevas mucho aquí? –le pregunté. Me pareció una pregunta típica y estúpida, pero no sabía de qué hablar.
-Mmm. No mucho. Pero más que tú sí –me contestó. Noté que apretaba la bandeja en sus manos y decidí cambiar rápido de tema, pero ella se me adelantó. –No eres de aquí, ¿Verdad?
-No, qué va. –respondí, sorprendido. -¿Cómo lo has sabido?
-Por el acento. Hablas como… ¿suave? No sé. No es tan bruto como el acento alemán de verdad –observó, balanceándose sobre sus pies mientras esperábamos en la cola. Luego se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró. –Espero que hayan preparado algo rico de verdad. Algo rico y comestible.
-Normalmente todo es comestible.
-Lo que pasa es que no has estado los días en los que ha habido puré –me advirtió, arrugando la nariz. –Más que puré parece tropezones de patatas.

Nos reímos y se giró, sonriendo ante la mujer de aspecto frágil que nos iba a servir la comida. Tenía aspecto de vomitar encima de nuestros platos en cualquier momento.

-¡Y qué nos tienes para hoy, Noelle! –preguntó, de repente demasiado entusiasta. Movió las manos de una forma basta para una chica, parecida a como las movería yo. Después de intercambiar algunas palabras más con la mujer, se giró hacia mí y volvió a parecer la chica tímida y femenina que había sido antes. –Palitos de pescado que saben a carne. Me encanta.

Me reí y la miré sin que se diera cuenta mientras íbamos hacia una de las mesas vacías del comedor. Tuve a sensación de que llegaríamos a ser buenos amigos.

=OUT=
Mil años después, bwahahaha. Es ñoña y algo OOC, en fin. No os atragantéis con el azúcar, nenas xD.

ethan - 2008-04-27

···································

Hay quien dice que la vida, de vez en cuando, te da la espalda. De vez en cuando o cada día, pero los que suelen decirlo no le ven el culo a la vida durante más de treinta segundos al mes; los demás ni siquiera se dan cuenta de que la vida puede ser más rosa, más justa, mejor. Y por mucho que lo pensase, no sabía en que grupo situarme.
Era cierto que estar en un reformatorio hasta los dieciocho años no era lo mejor del mundo, y que en el primer día de respirar aire fresco te encontraras a tu chulo, tampoco lo era. No iba a tirar cohetes, pero la autocompasión nunca fue lo mío.

Mi tan oportuno japonés apareció en el preciso instante en el que el proxeneta, Carl, se acercaba para decirme algo. No quise escucharle, no con Ryou cerca, así que me aproveché de su aparición y desvié toda la atención hacia él. Además, prefería mil veces la compañía de él a la de Carl, aunque no tuviese ningún tipo de droga inyectable encima.
No preguntó quien era, no preguntó por qué estaba ahí, por que hablaba, qué pasaba. Sólo “¿Todo bien?”. Y, de pronto, esa fue la mejor pregunta que me habían hecho en la vida, aunque desembocara en un juego y terminara en un casto beso dado por un casto (aunque pervertido) japonés. Que más daba. Era encantador.

* * *

Carl volvió a aparecer cuando apenas nos quedaban un par de horas más ahí. Esa vez, pero, no se acercó, ni siquiera sabía como había logrado verle. Tal vez, tal y como solía decir, tuviera una especie de magnetismo que hacía que la gente le mirase. O tal vez sólo lo tenía para los que le conocíamos. Fuera como fuese, le vi. Él sabía que le vería aunque no hubiera ningún indicio de ello. Al fin y al cabo, sólo era un hombre sucio y con atisbos de demacración.
Abrió la puerta del baño con languidez, pero con su tic de nerviosismo en el los dedos de la mano izquierda, y entró. Esta vez, sabiendo muy bien por qué, le seguí, entré en el baño de hombres y cerré la puerta tras de mi.
Ni yo ni él hablamos, ni siquiera se dio la vuelta o se detuvo en su tarea de sacar todo lo necesario para un viaje o, en mi caso, todo lo necesario para pasar un día más feliz, bizarro y relajado de lo habitual.
Recordé por que de pequeña, cuando le conocí, me gustaba más que cualquier persona que hubiera conocido. Aunque me prostituia, logró que pensase que él no hacía nada, que todo era cosa de voluntad. Creo que logró que le creyese porque sólo me tocaba para peinarme, vestirme y drogarme cuando yo no podía o incluso cuando no quería. No respetaba mi vida, porque la había hecho suya, pero conseguía que viviera. Desconocía si esa castidad hacia mi persona era producto de ser una niña que no llegaba ni a la docena, o porque era incapaz de follarse a una mujer. El único placer que era capaz de dar era un buen chute de lo que fuera, y todo lo que tenía era fuerte y potente, a veces demasiado. En todos los años que llevaba en Sankt Fremont no había olvidado que su mierda era de las mejores mierdas del mercado. Ni siquiera lo había podido olvidar un instante. En cada chute era capaz de distinguir los efectos de su material y del que me llegaba a mí. Y algo me decía que ni después de vivir una vida entera olvidaría ese orgasmo celestial, incalculable y único que me producía su maldita heroína. Pero había un precio, como más de la mitad de las cosas en el mundo en el que vivía, y ese precio era ser la persona que le observara masturbarse. Carl era un exhibicionista, y más placer que un buen sexo oral era una masturbación mediocre con alguien mirándole. Nada de contacto físico, nada digno, sólo un poco de perversión del virgen proxeneta, que apenas duraba cinco minutos debido a su eyaculación precoz.
Se bajó los pantalones, se la sacó, la meneó un rato y ahí terminó todo, con una sacudida y labios entreabiertos. Antes de que pudiera recomponerse, ya había cogido yo misma todo lo que había desparramado entre mierda, polvo y líquido de dudosa procedencia. Me importaban tres pepinos la ausencia de limpieza del lugar o no saber de dónde había salido la aguja, todo estaba ahí, al alcance de la mano, de mi mano, y la use.

Me dejé resbalar hasta el suelo sin siquiera molestarme en desprenderme de la aguja. La dejé ahí, clavada, apoyada en mi brazo y tan inmóvil como lo estaba yo. Sabía que respiraba porque oía mi respiración mil veces más fuerte. Sabía que estaba viva porque los párpados se cerraban tan lentamente que perdía el mundo de vista durante lo que me parecían horas. Sabía eso y mil cosas más. Sabía que Carl se largaría sin preocuparse de si su mierda me iba a matar, sabía que iba a estar más tiempo del debido en el baño y notarían mi ausencia, sabía que haber movido el brazo en dirección a la aguja y al jaco era la decisión y el movimiento más acertado del día, aunque eso, a medida que entraba en un estado de sopor enfermizo, empezó a convertirse en tan sólo una creencia.
Pero cuando se abrió la puerta y me golpeó el costado derecho, lo seguía pensando. Alcé la cabeza pesadamente y vi a mi compañero, aun abrochándose los pantalones, justo en frente de la puerta. Quise reírme al pensar en la situación del que había abierto entrado en ese desafortunado momento, pero tenía la mandíbula inerte, lo que me impedía mover un músculo de la parte inferior del rostro. O tal vez sí me reí, porque un par de sombras, criaturas deformes que olían a Sankt Fremont, se materializaron ante mi, con una rapidez imposible, teatral, casi cómica, de película de terror mala. Uno me agarró de un brazo a la vez que tiraba de la aguja y despertaba mi brazo izquierdo, del cual había perdido el rastro desde hacía rato. El resto de mi cuerpo se despertó con el contacto frío de la pintura en la madera de la puerta y, más tarde, con el aire de fuera. Tenía todos los sentidos adormecidos, excepto el del oído, el cual creía tenerlo superdesarrollado. Seguía oyendo mi respiración por encima de cualquier otro ruido, aunque se había mezclado con ella otra más; los pasos, firmes y duros, sonaban como tambores que marcaban el ritmo de una melodía fantasma.
El ruido de algo cayéndose fue el fin del concierto y el principio del silencio absoluto. Un silencio completamente antinatural y falso, aunque entonces ni siquiera me di cuenta de ello. Mi cerebro se había quedado prendado de la idea de la caída de algo.

¿Algo o alguien? ¿Las sombras o las criaturas deformes hacen ruido al caer? ¿Una aguja podía hacer el ruido de una piedra cayendo? ¿Algo había caído? Realmente. ¿Carl? Adiós. ¿Movimiento? Ya no. Oh, sí. ¿Vuelo o me arrastran? Vuelo. Quieren arrastrarme. Vuelo. Me arrastran. En realidad caigo. ¿Por qué? Los brazos me duelen. Sólo uno. ¿Sólo uno? Me pesan los dos. ¿Caigo por ellos, o ya estaba en el suelo? He caído yo. No. Los brazos. ¿Qué brazo me duele más, el derecho o el izquierdo? ¿Dolor? ¿Ruido?
¿Yo?
Me duele la cabeza.

=OUT=
Ya podéis iros y postear la llegada, la cena o el próximo día, lo que queráis~ (el próximo día sería una semana después)
Btw, habéis visto que bonito esta Diaryland? x333

Utena - 2008-03-02

···································

No me gustaba el intento de comedor de beneficencia en la misma medida que no me gustaba Sankt Fremont. Tan sólo era más de la misma mierda unos cuantos años más vieja, más maloliente y decadente. Claro que yo no debería permitirme el lujo de analizar sus actos y su aspecto y criticarlos hasta el punto de igualarlos con cualquier porquería que valiera menos de cinco céntimos, porque estaba interno en un reformatorio, porque muchos de ellos no lo habían escogido, se lo habían encontrado, y por mi cuestiones éticas que por aquellos años se me escapaban.
Fuese como fuese, y tuviera las creencias que tuviera, estaba ahí y no podía escaparme. Técnicamente sí, en realidad, pero no quería hacer las cosas mal. Así que, ni con alegría ni con demasiado pesar, me puse los guantes y el delantal, de un blanco más bien cuestionable, y me guardé el gorro que me había tirado Ryou en el bolsillo; si se suponía que el gorro protegía la comida –pseudo comida, en realidad- de los pelos, los míos no eran realmente un peligro, pues estaban trenzados hasta la raíz.

Estuve horas paseando de aquí para allí, intentando no prestar demasiada atención a nada, ni a mis compañeros, ni a los adultos encargados de echarnos un ojo, ni a los mendigos. A nada. Lo único que intentaba era no rayarme hasta el extremo de liarme a cabezazos con la pared o con el primero que pillase, y lo estaba haciendo bien, aunque eso no calmara mi ánimo gruñón, aunque lo mantenía oculto, o más bien mal oculto.
Pensé en lo que me dirían mis antiguos compañeros de habitación o amigos, que tanta gracia les hacia esa faceta de “Axel gruñón”. Frieda se hubiera reído de mi. Habría hecho un chiste fácil –o no tan fácil- y me lo hubiera repetido hasta verme frustrado o hasta que le contestase con alguna bordería. Ella me habría contestado con otra, o con alguna insinuación fuera de tono, y algo me decía que habríamos terminado hablando de mi amor patológico hacia su persona.
Al recordarlo, arqueé una ceja inconscientemente.
Decidí pensar en los compañeros anteriores a ella, y en mi nuevo compañero, Benjamin Montana, y la respuesta era fácil, clara y concisa: hubiéramos terminado a palos.
Opté por volver al estado de “No te fijes en nada, no pienses en nada”.

Me tomé un descanso en cuanto vi una mesa libre. Necesitaba estirar las piernas, repiquetear la mesa con la punta de los pies e, increíblemente, pensar que volvía a estar entre las grandes paredes de Sankt Fremont.
Estaba pensando por qué diantre no había pensado en las cuatro paredes de mi casa cuando alguien se dejó caer frente a mí.

- Axel, Axel ¿por qué descansas cuando quieres?- levanté los ojos y me encontré con Mimi Hoocker, cuya cabeza estaba enfundada en el gorrito de papel. Intenté no sonreir, y lo logré recordando el tono con el que había formulado la pregunta.
- Porque no me gusta que me jodan sin mi permiso.
- ¿En serio?- noté como se me calentaban las mejillas ante el tono sugerente de la pregunta, aunque dude que ella notase algo más que nerviosismo.
- Estaba hablando de esto. De… trabajo.
- Ya.- sonrió como si nunca hubiese salido de entre sus labios ese “¿en serio?
- ¿Por qué descansas tú?
- Porque he venido a hacerte compañía.
- Espero que esta vez no hagas nada que haga que me castiguen.- fruncí el ceño.
- Nunca haría algo así.
- Ya.
- Ya.- repitió, terminando en un par de carcajadas secas. Volví a fruncir el ceño.- Así que estamos de un humor de perros.
- Pse.- suspiré. Había pasado del humor de perros al cansancio en fracción de segundos. Frieda debía haberme pegado algo de sus constantes cambios de ánimo.
- No hay para tanto.
- No hay para tanto si te llamas Mimi Hoocker y resulta que eres una persona que pasa de todo.
- ¿Me ofendo o te beso por el halago?

No contesté. Ya era todo un record que hubiera mantenido una conversación de más de cinco frases con alguien como ella, por el simple motivo de ser ella, una chica, por mucho gorro blanco –y ridículo- que llevara.

Cinco minutos después ya volvíamos a estar en circulación, ella por un lado y yo por otro, volviendo a sumergirme en ese estado de cabreo profundo e interno, y cinco minutos después el deseo de vaciar la vejiga hizo desaparecer todo lo demás.
Me dirigí a los claustrofóbicos baños del fondo del gran –y sucio- comedor, intentado disimular la necesidad entre paso y paso. Cuando al fin alcancé la puerta y la abrí, ya con la mano en la bragueta, me detuve en seco al ver, por el rabillo del ojo, una mancha rosa.
Giré la cabeza hacia H, acompañada, aparentemente, por uno de los mendigos del lugar, y fruncí el ceño.

- ¿Qué coño haces?- obvié el “aquí”. Sonrió y apoyó la cabeza contra la pared.
- Hablar con un viejo amigo.
- ¿Y para eso tienes que venir al baño de tíos?- se encogió de brazos sin inmutarse.- No te metas en líos hoy.
- Sabes, creo que la señorita no necesita una hermana de la caridad que la cuide, a estas alturas, y mucho menos a una con trencitas y morritos.- nos interrumpió el tercero en discordia.

Ese tío era un soplapollas, igual de soplapollas que la mitad de los que estaban sorbiendo lo que parecía sopa de sus platos, pero se había dirigido a mí, a mí y a mi resurgido cabreo, y antes de que yo dominara mi cuerpo, lo hizo mi ofuscación. Tan sólo tuve tiempo de dar un par de pasos en dirección a él cuando H me cogió del brazo. Me paré, atónito ante el simple contacto, y la miré sin poder disimularlo. Tampoco pude evitar el reflejo de sacudirme de ella como si de la peste se tratase.
Tardó unos segundos antes de volver a hablar.

- No pasa nada.- No sabía a que pasa ni a que nada se refería, y decidí que no me importaba.

Les volví a dejar solos con un “Es tu puto problema” y un intento de portazo que ni siquiera llegó a eso.

Iba a tener que ir a mear contra un árbol.

=OUT=
Mañana H… espero. Son las 3:31 a.m y ya tengo sueño, me he hecho vieja úù
Btw, alguna sugerencia de qué/quien/quienes puede ser el new lay? (yep, me he vuelto a cansar xD)

Axel - 2008-02-17

···································

Si intentaban disipar nuestras preocupaciones o alejarnos de nuestros problemas, encerrarnos en la más pura decadencia pues como que no era el método. De todos modos, como eso sólo era campaña publicitaría, y además me iba a beneficiar de una forma u otra, mejor ir con la pilas cargadas que quejarme cada diez minutos. Noble practica a la que ya se estaban dedicando algunos.

Nos dieron gorritos de papel, guantes y delantales blancos. El delantal y los guantes la verdad es que eran un detalle, pero el puto gorrito se lo iba a poner su madre. Ni que fusemos a repartir material toxico entre los vagabundos. Aunque tal y como olía el puré que salía de la cocina, pues probablemente muy bueno para la salud no era. Eso, junto al aire viciado de la estancia, más la radio local poniendo éxitos musicales de cuestionable éxito, empezó a cambiar mi visión sobre ser considerados y buenos niños.

- ¿…En serio tengo que ponerme esto? –miré a contra luz el gorro, la verdad es que dudaba que eso evitase que se cayeran pelos a la comida o para vete-tu-a-saber-su-función.

- Póntelo y calla -Bre me miró levantando una ceja, sentada con todo su morro, sin mover un puto dedo -. Seguro que después estás más guapo.

- Es imposible que yo esté más guapo –le sonreí de lado.

- Inténtalo, nos harás un favor a todos.

Vi la sonrisita burlona de Axel no muy lejos de la conversación y le tiré un gorro a la cara. Claro que ese no era mi gorro, sino el de la chica que esperaba detrás de mí. Me giré para pedirle perdón, técnicamente tendría que habérselo dado a ella.

- Toma, coge el mío –se lo alargue a la chica de aspecto frágil que esperaba callada a mi espalda-, yo me buscaré otro.

- Tranquilo, tampoco hace falta…

- En serio, todo tuyo –se lo puse en las manos con una sonrisa, me contestó con una mueca que no supe descifrar. Supuse que tampoco le hacia gracia ponerse el gorro.- Ya nos habíamos visto, ¿verdad?

- Sí, una vez.

- …Creo que estuve un poco borde –recordé haberla encontrado en la azotea, creyendo que era algún gilipollas casi la había echado a la fuerza del lugar -. Perdona. Por eso y por el gorro –sonreí arrepentido-. Me llamo Ryou

- ¿Ryou…? –lo repitió fallando en la pronunciación.

- No, es “Riu”, como el tipo del Street Fighter.

Por como me miró, supuse que nunca había jugado al Street Fighter. Justo entonces vi un puntito rosa que me miraba más lejos, rodeada también de alumnos y mendigos. Me sonrió con expresión somnolienta y gorrito de papel en la cabeza. Le sonreí de vuelta como un idiota, dándome un vuelco en el estómago. Apuesto a que si no hubiese querido sonreír, algo hubiese tirado de las comisuras de mis labios igualmente. Qué tonto soy. Seguí con la sonrisa tonta, hablando con la tal Nöel, que parecía una tía tímida, pero también bastante amable. Ambos estábamos con dos cucharones repartiendo comida –o eso nos habían dicho que era- en platos de acero inoxidable y no tuvimos un pequeño descanso de diez minutos hasta un par de horas después.

Me lancé a la búsqueda y captura del flamenco. Al parecer a H le había tocado recoger platos, porque cuando la encontré estaba hablando con un hombre que me sacaba un par de cabezas. No me gustó del todo la mueca de desagrado que tenía en la cara, así que decidí acercarme con cualquier excusa y sacarla de ahí. Nada más acercarme me vio, el indigente se giró a ver quien se acercaba y se marchó sin dar problemas pero murmurando para si mismo. No sería el primer borracho loco predicador que teníamos esa mañana.

- ¿Todo bien?

- Todo bien -contestó con una sonrisa.

- Claro, ahora que yo estoy aquí…

- Mi héroe –se río entre dientes andando hacia la zona de descanso que se había habilitado para los chico del Sankt Fremont.

- Sólo tienes que llamarme mentalmente y yo acudiré –le pasé un refresco caliente de los que reposaban encima de la mesa.

- ¿Ahora lees mentes?

- No subestimes mis poderes.

- Entonces, ¿en que estoy pensando?

Tenía bastante claro qué quería que pensase, pero no en que estaría pensando realmente.

- En guarradas.

- Bingo –rió.

O sí.

- Hay que ver, una chica tan decente como tu…

- …tan “estrecha” – lo soltó como si nada y acto seguido bebió limonada. No pude evitar dejar que me bailase una sonrisa en los labios.

- Exacto. Que ni siquiera me saluda con un beso decente.

- ¿Y por qué no me saludas tú con un beso decente?

- Pueeees… -buena pregunta, la verdad. Me había dejado sin una buena respuesta.

Gil se ocupó de salvarme del aprieto anunciándonos que se acababa el descanso y echándonos –de buenas maneras- a que volviésemos al trabajo. H se levantó arreglándose la ropa y no tuve más remedio que imitarla.

- Hasta luego, señor-no-llevo-gorro-que-me-despeino –me palpé la cabeza, era verdad que al final no había buscado un gorro.

- Hasta luego~ -me permití besarle en la mejilla de coña. Aunque cerca de la comisura de los labios.



richan - 2008-01-26

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El comedor para indigentes da pena. Se cae a cachos, mejor dicho. Parece como si hubiera sido arrasado por las bombas durante la II Guerra Mundial y nadie se hubiera preocupado de reconstruirlo.

La pintura de las paredes está desconchada. No, no tengo nada mejor en lo que pensar ni en lo que fijarme mientras dejo caer sistemáticamente un trozo de carne despanzurrada y un par de gotas de algo que aquí llaman sopa (y que yo calificaría más bien de meada) en las sucesivas escudillas que los borrachos, yonkis y mendigos van poniéndome delante.

No sé cómo coño dejé que me convencieran para apuntarme en el grupo de los que sirven la comida. Supongo que porque a algún capullo le pareció divertido putear a los pobres hombres que hay por aquí. Harto, revoloteo con la mirada hasta que encuentro a alguien que puede sustituirme en el duro trabajo.

- Lucas. A partir de ahora lo llevas tú.

Asiente con la cabeza. Ni un ‘Sí, jefe’ ni un ‘Lo que tú digas, Ben’. Las palabras sobran cuando se trata de órdenes, y todos lo saben.

Me dirijo mecánicamente hacia las cocinas, seguramente más grandes y más higiénicas que las del Sankt Fremont. Y eso que hay charcos de sustancias sin identificar por la ciencia impregnando todo el suelo.

Lástima que uno de ellos se interpusiera en mi camino. Lo piso, resbalo, pierdo pie y finalmente me caigo, no sin antes agarrarme a lo primero que encuentra mi mano, que en este caso es una tela finísima que no me sirve para nada.

Acompañando a la tela, una chavala da con todos sus huesos sobre mí. Sin aliento, levanta la cabeza y me ve, tan cerca de ella que podría contar todos y cada uno de los pelos de sus cejas.

- ¡¿Pero qué coño crees que haces?!
- Perdona, tía. Mira -con una media sonrisa, señalo el charco de la perdición-, me resbalé ahí y tuve que agarrarme a tu camiseta para no romperme la crisma. ¿Ves?

La chica vuelve la mirada hacia donde le señalo y alza una ceja.

- Lo único que veo es que eres idiota. ¿No podías agarrarte a otra cosa? –examina con cara de frustración su camiseta, bastante (por no decir muy) dada de sí.- Me has jodido la camiseta.
- Ya te he dicho que lo siento, ¿vale? Por cierto, si no es mucho pedir, ¿podrías levantarte? No me dejas respirar, tía.
- Oh, perdona, no me daba cuenta de que fueses tan enclenque como para no dejarte respirar con mi gran peso. –me lanza una mirada de cabreo. Dios, ¿por qué siempre me tocan a mí las neuróticas?- Ya me levanto -gruñe-, estúpido niñato medio ciego.
- No entiendo por qué te pones así, en serio. Ya te pedí perdón, ¿vale?

La veo, ya de pie, apretar los labios hasta convertirlos en una línea finísima y blanca y cruzar los brazos.

- Vale, muy bien. Aunque parezcas un disco rayado, creo que acepto tus disculpas. ¿Pero quién me paga ahora la camiseta?
- Si esperas que yo lo haga –ruedo los ojos, poniéndome de pie-, vas guapa. Estoy más pelado que el sobaco de una rana, tía.
- ¿Y te crees que a mí me sobra la ropa? –me increpa señalándome con el dedo. Tarada.- ¡¿Es que quieres que acabe yendo desnuda o qué?! ¡Que me pagues la camiseta!
- No sé, a mí lo de que vayas desnuda me gusta. –sonrío lentamente, lo que consigue que me observe durante un buen rato con ojos como platos.-
- Eres un cerdo.
- Oye, tío, déjala en paz. –no sé quién cojones es este niñato que acaba de intervenir, pero no lo había visto en mi vida.-
- Tú vete a tomar por culo, maricón.
- Pero qué insulto más original. –dice la chavala poniendo los ojos en blanco. Sólo le falta poner los brazos en jarras y se convertirá en mi madre.- Tú a mí me pagas la camiseta, como que me llamo Lea. –así que se llama Lea, pienso mientras ella da media vuelta, agarra al marica por la manga y tira de él.- Anda, vámonos de aquí.
- Zorra egoísta.

Escucha mi insulto (no fue mi intención) y, girándose cabreada, me chilla.

- ¡Estúpido neanderthal de mierda!
- Mira, tía, yo no soy el que se ha pillado una rabieta de cría de cinco años por una puta camiseta que debiste de comprar en el puto rastro, así que no me jodas. –me encojo de hombros mientras ella cruza en dos pasos la distancia que nos separa, como si tuviera ganas de saltarme encima o algo así.-
- ¡Oh! ¿Así que ahora vas de chulo? –grita.- Si antes ibas de bueno, todo el rato disculpándote. ¿Se te ha hinchado la vena o qué?
- Mira, tía, no quiero discutir contigo porque sé que acabarías perdiendo, y no me gusta humillar a las mujeres. –antes de que me marque la cara a base de arañazos, me doy media vuelta y comienzo a alejarme. Empiezo a pensar que fue mala idea abandonar mi puesto y todo…-
- AAARRRGGGGHHH. ¡No te conozco, pero ya te odio!

Sólo puedo murmurar un ‘Enhorabuena’ antes de salir de las cocinas al exterior, con el objetivo de fumarme un canuto antes de que nadie repare en mi ausencia. Alcanzo a oír un ‘¿Estás bien?’ por parte del niñato, pero no la respuesta de Lea la psicópata.

Ben - 2008-01-03

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Sentada en el autobús de camino al centro de indigentes, me acurruqué en el asiento, mirando sin ver la carretera que serpenteaba a mi lado; y aproveché para pensar, mientras me mordía las uñas en un tic nervioso que nunca había conseguido terminar de controlar.
Estando con Jaden, mi nueva compañera de habitación, me había sentido aliviada, porque parecía una chica amable y estaba segura de que nos íbamos a llevar bien. Pero ahora, rodeada de tanta gente que ni conocía ni me apetecía conocer, volvía a sentirme sola; y no tenía ni alcohol ni a nadie a quien tirarme para apaciguar ese sentimiento que siempre me carcomía las entrañas.
Sabía que mi residencia en el Sankt Fremont iba a ser larga; habían dicho seis meses y yo era consciente de que los iba a cumplir todos, con sus días, sus noches y sus innumerables horas vacías de cualquier tipo de diversión; pero lo que no sabía era el cómo. No tenía muy claro si quería portarme bien, tener un comportamiento ejemplar y salir de allí lo más rápido posible para ir a por Hales; o si bien prefería cometer infracciones, saltarme las normas y esperar que todo ello durara mucho, muchísimo más, para quedarme encerrada hasta que mi hija pequeña de tres años se olvidara de mí y fuera feliz con sus nuevos padres de acogida.
Allí dentro podía pudrirme o empezar de nuevo. Dos puertas, dos caminos que se alzaban ante mí; y yo no sabía aún qué pomo escoger. Supuse, unos minutos antes de que el autobús se parara y todos saliéramos de allí en tropel para dirigirnos al edificio de indigentes, que aquella decisión vendría con el tiempo.


Una vez dentro, me asignaron con el grupo al que le tocaba fregar los platos. No me planteé si la tarea era la mejor o la peor, sino que simplemente cogí los primeros vasos sucios que encontré y empecé a frotarlos. Se me resbalaban y no tenía mucha práctica, pues en la caravana era mi madre la que siempre limpiaba, y yo me limitaba a pillar algo de comida fuera o bien a huir en cuanto terminaba el primer plato; así que nunca me había dado cuenta de lo laborioso que podía resultar aquello.
Estaba tan concentrada que pegué un respingo cuando al chico que había a mi lado –alto y de manos enormes que cogían los platos de dos en dos– le dio por hablarme, con un Se te va a escurrir ese vaso que vino acompañado de un leve golpecito con el codo. Lo miré con una ceja alzada, tentada de gruñirle que me dejara en paz y que no era asunto suyo; pero, al fin y al cabo, yo sólo me comportaba así con la gente que me trataba mal, y ese chico no había dicho nada que no fuera verdad.

-Ya. Bueno. Veo que tú tienes más manejo que yo.
-Tampoco te deprimas, es difícil llevarse bien con algo que resbala -aseguró él, dándoselas de entendido-. Me llamo Ethan. ¿Y tú?
-Lea -respondí, lo más escuetamente posible. No quise preguntarle que por qué estaba aquí, por si respondía con algo parecido a un "Maté a un tipo", que me quitara las ganas de seguir hablando con él-. Tienes pinta de chico bien.
-¿En serio? Será que todos los yonkis parecemos chicos bien, entonces. –sonrió, como si hubiera dicho la cosa más natural del mundo-. Tú tienes pinta de damisela desvalida. Pero tu lengua es la de una abusona.

"Está aquí por droga, entonces" pensé. No sabía si aquella rotunda afirmación suya me había tranquilizado, o si había servido para descolocarme más. Lo miré, ignorando ya totalmente los vasos sucios, e hice una mueca.

-¿Una damisela? ¿Pero tú te has visto bien? Te pongo unas mallas y harás de príncipe azul encantador -lo dije con una sonrisa, porque, en realidad, me daba cuenta de que no estábamos peleando, sino que más bien nos estábamos tanteando verbalmente.
-Es un alivio saber que aún yendo en mallas, no seré un sapo. -Abrió el grifo y se lavó las manos, llenas de jabón. Se las pasó por el delantal y me miró detenidamente-. ¿Sabes? No me pareces una asesina ni nada por el estilo. ¿Por qué estás en… bueno, aquí?
-Al parecer, soy una alcohólica que se estrella contra las casas de gente decente. –Aquella no era la frase más indicada para ligar, pero decidí que, si él podía contarme que era un yonki con esa facilidad, yo también podía hacer como que todo aquello me daba igual. Estaba cerca, y olía a jabón. Por un momento, pensé que podría ser un buen sustituto del alcohol.
-Así que tenemos en común el tema de las adicciones. Interesante -volvió a sonreír y se apoyó en el poyo de los grifos.

Desvié la mirada, sintiendo el aliento de él sobre mi mejilla en su último "Interesante".

-¿Sabes? Es raro pero... eres igual de dulce que Jaden. Me gustan las personas así.

Noté que se quedaba observándome durante un buen rato, como si se estuviera pensando la contestación.

-¿Quién es Jaden? –preguntó al fin, incorporándose.
-Es mi compañera de habitación. Tiene sólo quince años, y por eso no ha podido venir. -hice una pausa, girándome hacia él con intenciones evidentes-. Oye, Ethan...
-Tienes un poco de espuma en la nariz -informó, y luego se giró, apartándose de mí. Abrió el grifo y siguió lavando los platos-. ¿Tú no tienes quince años, verdad princesita?
-Ay, por Dios, ¿me acabas de llamar “princesita”? -Al decirlo en voz alta, no pude aguantarme más y me eché a reír-. En un universo paralelo, Ethan, tú el príncipe y yo la princesa, ¿eh?

Me estaba riendo de él, y, por eso, me sorprendió verlo sonreír ante mis carcajadas.

-También te puedo llamar sapo, sin presiones, ¿Eh? –suspiró-. Yo no serviría de príncipe, les traería muchos problemas.

Su respuesta me sorprendió tanto que se me paró la risa en seco. Parecía uno de esos chicos que eran incapaces de soltarte nada que no fuera mínimamente amable. De repente, la idea de tirármelo en alguno de los baños me pareció muy, muy lejana. Una no se follaba a chicos así.

-¿Siempre eres así de buenazo o es que estoy recibiendo un trato especial?
-No, generalmente soy un ogro. Pero me has recordado a mi hermana. O eso creo -se río bajito, casi imperceptiblemente. Llevó la mano hasta mi cara y me quitó la espuma de la nariz con tanta suavidad que me puso nerviosa-. Demasiado a ella.

Me quedé muy quieta, dudando entre apartarle de un manotazo o quedarme así. Yo le recordaba a su hermana, y eso era todo. No sabía cómo sería ella, pero pensé que la comparación debía ser buena, porque el chico estaba sonriendo. Abrí la boca para contestarle, pero entonces algo me detuvo tan bruscamente que no pude sino lanzar un chillido (que sonó demasiado a damisela en apuros) cuando una mano se aferró al borde de mi camiseta y tiró hacia abajó. Escuché cómo la tela se rasgaba y luego me precipité hacia abajo. Extrañamente, no me di ningún golpe.

De hecho, caí sobre algo bastante blandito.

Lea - 2007-12-28

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Parecía que iba a ser un día normal en el Sankt Fremont, así que aproveché para hacer lo típico que hacía en un día normal. Perdí casi toda la mañana, pues para variar me había despertado tarde. Comenzábamos bien.
Comenzábamos bien a medias, pues enseguida me di cuenta de que esa misma mañana tenía visita con el psicólogo, así que fui corriendo a su despacho. Los pasillos estaban más llenos de lo normal, tal vez por la llegada de los nuevos, tal vez por la expectación que había provocado la marcha de uno de los internos. Un héroe para muchos, el chaval.
Me dirigí al despacho de los psicólogos, pero allí no estaban ni la china ni el guaperas, sino una chica que debía tener uno o dos años menos que yo, rubia (me imagino que de bote) y pequeñita, intentando entrar en el despacho de la psicóloga.

- ¿Te has perdido o es que intentas robar algo? –me giro a ella, apoyándome sobre la pared y haciéndole una sonrisa pícara. Llevaba demasiado tiempo aquí como para no conocer ese sitio y comprender nuestras reacciones, la de los internos, hacia muchas cosas. Si fracaso en la lucha libre, me paso a psicólogo.
La chica me miró, nerviosa.
- Nada que te importe. –dijo con una voz estridente, añadiendo una mueca a su frase.
- Oye, ¿por qué no me contestas? Puedo ayudarte. –me ofrecí. - ¿Nueva por aquí?
- Sí, y me ayudarás si te vas corriendo de aquí. –insistió aquella chica sin tan siquiera mirarme. Parecía clavar su mirada en uno de los armarios de la china.
- ¿Qué te han confiscado? –decido preguntar.
- Algo.
- ¿Esa cosa es tan importante para ti que la llamas algo? Qué poco estima hacia tus posesiones. –hice, con un tono rozando lo melodramático.
- Es una navaja. –acabó rindiéndose.
- ¿Una navaja? –comienzo a reír. - ¿Una navaja…? ¡Si aquí tienes un montón de gente que te puede conseguir otra navaja?
- Pero no una navaja con la que he matado a un tío.

Joder, la niña me hizo cambiar de opinión completamente.

- Ummm… así que pretendes recuperar el arma de un crimen. Puedo ayudarte, si quieres. ¿Dónde está?
- En ese cajón. –señaló.
- ¡Guay…! Entonces será fácil de pillar.
- No si tienes la psicóloga delante de ti. –hizo una voz. Me giré, y… - ¿Qué andas fisgoneando, Randall?

La mirada cínica de Wang se posó sobre nosotros como si nos quisiera petrificar con la mirada. La chica de la navaja (me olvidé de preguntarle el nombre) se largó corriendo, no sin antes susurrarme un “¡capullo!” en toda la cara. Viendo que los ojos chinos de la señora china seguían escudriñándome, opté por hacer lo mismo que la chica e irme yo también corriendo.
Tal vez iba a ser mejor así.

Llegué hasta mi habitación casi sin darme cuenta, como si fuese un autómata, mientras “Ace of spades” de Motorhead invadía los auriculares de mi MP3. Abrí la puerta con desgana, y enseguida me percaté de que algo en mi habitación era... diferente.
¿Cuántas veces en mi vida había visto en MI habitación a otro tío? Y peor aún, ¿qué hacía ese otro tío pinchándose con un lápiz...?
Y ya de paso, ¿qué hace un lápiz en mi habitación? Creo no haber utilizado ninguno en mi vida. Creo.

- Oye... ¿te has equivocado de habitación? –me quedo mirando al chico alto y moreno estupefacto. Qué diablos, no lo había visto en mi vida. Sobresaltado, el tío intentó ponerse rápido de pie pero perdió el equilibrio y se cayó de culo.
- Euh... joder. –musitó, nervioso. - La china loca me dio esta habitación. Soy nuevo. ¿Y tú eres...? -cerró los ojos durante un instante para recuperarse del dolor del golpe y se levantó. Me cago en, dos nuevos en un sólo día.
- Randy, tu nuevo compañero de habitación... supongo. –porque el otro día estuvieron haciendo reestructuración de las habitaciones, ¿no? Bah, de todas formas, adiós a mi intimidad. - ¿Cómo te llamas?
- Ethan. ¿No eres demasiado... mayor para estar aquí? –dijo, retrocediendo un poco.
- Tengo diecisiete años... así que se supone que no. –contesté.
- Oh, bien. Yo también tengo 17. -dijo mientras guardaba el lápiz en los vaqueros. -¿Cuál es tu cama? Pensé que la habitación estaba vacía.
- Ésta. –señalé la cama que se encontraba más cercana a la ventana. – Me gusta tener la ventana cerca, por si algún día me entra el mono de escaparme. O de suicidarme, tal vez. –comencé a reír como un histérico. Me encantaba la sensación de estar dándole miedo al recién llegado Ethan.
- Eh... de todas formas, si te suicidas, procura no manchar el suelo. La sangre no sale tan fácilmente de estas alfombras -bromeó.
- Bah, no creas, mi ego está demasiado alto como para poder suicidarme. –sigo riéndome, y a continuación miro al chaval y le señalo el bolsillo en el que había guardado el lápiz. – Por cierto, ¿qué estabas haciendo con el lápiz...?
- ¿Qué lápiz? Ah. Este lápiz -maldijo por lo bajo.- Es... un lápiz de la suerte. Me lo regaló mi hermana pequeña, ya sabes.

¿Lápices de la suerte? Coño, eso parecía más fácil que encontrar un trévol de cuatro hojas.
Sonrió todo lo que pudo porque tenía los músculos de la cara congelados y se giró hacia su nueva cama.

- ¿Y por qué estás tú en este...lugar?
- Por matar y pegar. –bien, ahora es cuando el chico huye repentinamente de mí, maldita fama la que me he ganado.- ¡Pero no te asustes...! ¿Y tú qué haces aquí? –tenía demasiada pinta de buen chaval como para ser un crío problemático...
- ¿ Matar? Joder. Yo estoy aquí por ser un yonki. Pero... ya no matas, ¿no? Digo... ¿Puedo hacer algo para evitar que me mates? Tengo una hermna pequeña y eh... bueno, eh... me gustaría verla más veces, la verdad. -se rió, un poco nervioso. Cuando sus padres se enterasen de que ser un yonki hasta era de lo mejor en aquel centro, lo sacarían volando.
- No, no mato, pero sí pego... a la gente que se lo merece. –le hice un guiño tranquilizador. No tenía por qué preocuparse si no me buscaba. – Pues los yonkis por aquí sois los que tenéis más suerte, siempre veréis a alguien dispuesto a que os dé lo que necesitéis... ya sabes. Y, ¿así que te ha tocado a la china de psicóloga? Qué mal.
- No. Es decir.. Mis padres se están matando a trabajar para que yo me cure. No estaría bien por mi parte seguir drogándome más, aunque será... complicado, que deje de hacerlo, claro. Sí, la china. –contestó a la última pregunta- Esa tía me cabrea -confesó. -¿Tú no la tienes a ella?
- No, pero la tuve. –contesté. Y era lo peor que me había pasado en la vida, a decir verdad. – Ahora tengo al guaperas ese... ¿Anthony...? ¿Alex...? Andrew, eso. –respondí, y luego seguí con mi monólogo- Bueno, Ewan.
- Ethan.
- Pues Ethan. –rectifiqué, sin darle la menor importancia. – Ha sido un placer conocerte y tal, pero ahora voy a echar unas canastas en la pista de baloncesto y no tengo mucho tiempo que perder si quiero encontrarla libre, así que, ciao ciao~

Me despedí sin ni siquiera dejarle tiempo de respuesta, cogí la pelota de baloncesto y, ¡sí!, la pista estaba completamente libre. Bueno, me pareció ver a una niña rubia caminando por ahí cerca, pero no le di la menor importancia y comencé a jugar.

OUT,
Bueno, aquí tienen al nuevo chara, Dy :] Ute, te cogí a Bre sin permiso, así que si quieres que cambie algo, ya sabes x*
Aprovecho para decir que, ya que Har tiene de psicóloga a Bre, me gustaría que el de Randy fuese Andrew :3
Argh, tengo sueño T^T

randy - 2007-12-28

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Salí al patio después de desayunar. Nos habían dado una hora para prepararnos, y como no tenía nada que hacer, decidí apoyarme en una de las paredes del centro a observar a los chicos más pequeños corretear de un lado para otro. Algunos se caían y se raspaban la rodilla, y lo más curioso es que se ponían a llorar. Eran niños incivilizados, agresivos o yonkis, y lloraban por herirse. Nunca dejó de parecerme gracioso.

A la media hora de estar ahí parada vi a un chico acercarse. Iba aceptablemente erguido, teniendo en cuenta que debía ser nuevo puesto que no recordaba haberle visto nunca, con una corta melena ondulada, bien cuidada aunque despeinada, moviéndose al compás de las ráfagas del viento. Además, era guapo. Todo eso, añadido a su semblante serio, le daba una apariencia bastante contrastada con el ambiente.
De pronto todo me pareció muy de película de Hollywood y sonreí, pasando una pierna por delante de la otra; Abusar de las drogas podía hacerte ver cosas que no eran, o acentuar aquello que de por si podía llamar la atención.

- Hey- alcé la mano en señal de saludo.- ¿Eres nuevo?

Me observó en silencio. Parecía estar sopesando la seriedad del saludo, mis intenciones, mi interés o mi no interés por él. Intenté poner cara de seriedad, si eso ayudaba a aclararle las cosas.

- Hola. Sí, soy nuevo.
- Encantada de conocerte, entonces.- extendí la mano.- Soy H. ¿Y tú eres...?
-Igualmente.- me estrechó la mano e sonrió, o lo intentó.- Mi nombre es Ethan. ¿H? ¿No tienes nombre completo? -inquirió.
-Lo tengo.- me encogí de hombros y le sonreí- puedes intentar adivinarlo, pero H es mejor. Más fácil de recordar.
-Lo intentaré –dejó pasar un innecesario silencio antes de empezar a preguntar.- ¿Llevas mucho tiempo aquí?
-Bastante.

Le miré sin poder ocultar lo divertido que encontraba todo aquello. Un nuevo se dirigía a mí como si importase lo que pudiera explicarle o lo que él pudiera decirme. Todos los nuevos solían querer algo. Estaba segura de que él lo quería, pero no lo pedía. Preguntaba, era casi cordial siempre que ignorase su expresión de hastío, pero había llegado a mi, seguramente por indicaciones de alguien. Si quería algo, iba a pedirlo. Yo no solía tener ganas de dar nada porque sí.
Estiré los brazos y me rasqué una diminuta costra donde horas antes me había picado con una de las tres agujas que tenía por el baño. Al arrancármela, rápidamente fue sustituida por un punto rojo que en breves instantes volvería a ser costra.
Curiosamente, se quedó embobado con mi pliegue interior del codo.

-Oye, sé que va a parecer demasiado atrevido pedirte algo sin apenas conocerte, pero... – Ajá. De pronto parecía contrariado. -¿Sabes cómo puedo conseguir algo de coca?
-Depende de lo que tengas...-me aparté de la pared y me acerqué un poco a él.- Puede haber coca aquí mismo, o puede que tengas que buscar en otro lado.- volví a sonreír. Me di cuenta de que no terminaba de controlar mi expresión facial. Tal hecho me hizo sonreír de verdad, aturdida bajo los efectos de la heroína.
- Depende de qué quieres que tenga. Puedo ofrecerte muchas cosas.
- Tengo lo que quieres. ¿Y que puedes darme tu? No acepto ni caramelos, ni bolis, ni ropa-reí.
- ¿Qué es lo que tú necesitas?
-Necesitar, necesitar, no se lo que necesito aquí dentro.- suspiré.- Supongo que dinero, para ser tradicionales.
-¿Tienes la coca aquí, no? Bien.

Se llevó la mano a uno de los bolsillos del pantalón y cuando pareció encontrar lo que buscaba, me cogió de la muñeca y me puso un par de billetes en la mano, encargándose de cerrarla él mismo.
Arqueé una ceja. La próxima vez el precio lo iba a poner yo.

- Veo que el disimulo no es lo tuyo.- Hurgué disimuladamente en uno de los bolsillos y atraje su mano hacia mi de nuevo, volviéndola a estrechar y dejándole lo que había pedido en la mano.- Cuando quieras, más. De todas formas, te recomiendo que seas más "sigiloso" la próxima vez, y si te vas a meter ahora, no lo hagas aquí. Aunque supongo que ya lo sabes.
- No me voy a meter ahora. ¿Cuántos años tienes?- había cambiado de tema como Mimi de bragas. No sólo de tema, también parecía más relajado.
-Diecisiete. ¿Y tú? Espero que tengas más de quince, porque demasiados años aquí puede ser poco recomendable.
- Diecisiete también, no creo que me quede por mucho tiempo. Me lo estoy tomando como unas vacaciones -me rió y miró al suelo. -¿Todos aquí son como tú?
- ¿Como yo? ¿Te refieres a si tienen el pelo rosa, si tienen diecisiete años, si son traficantes o drogadictos?- volví a sonreírle. Recordé que Mimi siempre decía que a los nuevos debíamos tratarles bien. Lo intenté, pero no le gustó demasiado.
- Olvídalo. Intentaré ser más sigiloso la próxima vez y tener más dinero. Nos vemos... supongo.
- ¿He dicho algo...?- vi como se alejaba dirección a uno de los bancos.- No todos son como yo. Están los que no se pinchan y no les gusta los que lo hacen, como en todos los sitios. Esos te patearán el culo o te comerán la cabeza- lo dije más fuerte de lo normal para que se oyera. Quise añadir que no fuera al banco a hacer cosas raras, pero eso no podía gritarlo en medio del patio.
- Que lo intenten, a ver quién acaba pateando a quién. Si están aquí no es porque sean unos santitos, ¿no?
- Supongo que no. Tal vez están aquí por ser unos patea culos.-me reí.- Suerte con ellos, en realidad no son tan matones como parecen.- levanté la mano y me despedí de él.- Un placer hablado contigo.
-Igualmente.

Tuve que esperarme hora y media más para que todos, aproximadamente cuarenta alumnos, estuvieran listos para comportarse como hermanitas de la caridad. Algunos se habían peinado y arreglado para la ocasión, otros habían estado recogiendo utensilios que no deberían estar en su habitación pero estaban, y otros, como yo, habían estado parados en la cola, esperando la llegada de todos y el recuento.

Me separé un mechón de pelo rosa del resto y lo enrollé distraídamente en mi dedo índice. De la nada apareció Ben, con sus habituales modales bastos y sus comentarios que, aunque lograban aterrar a la mayoría, a mi me hacían gracia. No le gustaba, pero en la misma medida sabía que le encantaba encontrar a alguien que se riera de él o le rebatiera los comentarios fuera de tono

- - -

Otra hora y media después bajábamos a las afueras de una ciudad, pero suficientemente cerca como para ver claramente los altos pisos y los carteles de algunas tiendas. Algunos se quedaron mirando con ojos soñadores hacia allí, un pequeño error por su parte. Después de la fuga de Lucien, a quien aun no habían encontrado, cualquier gesto parecía sospechoso, y quedarse mirando sin pestañear hacia la ciudad más cercana era un gesto francamente sospechoso.
Nos repartieron en tres grupos de trece, uno para cada recinto que había; tres iban a estar paseándose por el comedor hablando con los indigentes –aunque era preferible que no- recogerían y vaciarían los platos, y vuelta a empezar; cuatro estarían lavando platos. Todos ellos tenían el privilegio de poder ir a mear cuando quisieran. Los cinco restantes que estarían dando de comer a cualquiera que se les pusiera delante, no. Ninguna de las dos parecía una tarea divertida, aunque sí prometía ser muy purificadora.
Busqué con los ojos a Ryou, al que pude ver conversar con una chica de enromes ojos azules y constitución enclenque. Le miré hasta que desvió los ojos y me devolvió la mirada. Sonreí, divertida.
Ya podía empezar a purificarme.

Por suerte o por desgracia, me tocó ser del grupo que recogía platos. Ignoré comentarios sobre mi pelo y respondí otros. Sonreí, me senté a charlar con un par de viejos con una armónica y también con una mujer con un perro y un loro.
Hacia el mediodía, pasé por el lado de una mesa que olía a alcohol. A alcohol y mugre, de hecho. Debían estar apelotonados todos los sin techo alcohólicos habidos y por haber de esa zona.
Sentí como se me revolvía el estómago.
Sin fijarme en ninguno de ellos en particular, clavé los ojos de plato a plato, hasta que di por finalizada la inspección, ya que ninguno de ellos parecía haber acabado, y me dispuse a irme. Pero uno se levantó, aunque parecieron varios dada la energía que empleó.
Me distancié un poco de la mesa y le miré. Me di cuenta que parte del olor que desprendía era a colonia barata, que junto al olor rancio de días sin ducharse, hacía que oliera a mierda.
Lo primero que vi fueron unos ojos de un azul mil veces más claro que el del mar, caídos ligeramente hacia abajo, dándole una expresión bobalicona. Lo segundo, una nariz tuerta debido a un puñetazo bien dado. Lo tercero, unos labios carnosos despellejados, adornados por dos cicatrices en cada comisura de la boca.
No podía ser.

- Hola.

Ni ”Hey” ni “Buenas”. A tu ex-chulo, a tu ex-jefe de cuando ejercías la prostitución, no se le saludaba de esa forma.

- Hola, estrella. ¿Ahora como te pagas el tinte?

Sí, sí podía ser.

=OUT=
No he puesto quien pertenece a cada grupo, podéis escogerlo vosotros o hacer que todos van en el mismo. Al fin y al cabo son 11 (10, pues Randy no va xD) los que pueden ir.

Utena - 2007-12-27

···································

En apenas dos días me habían cambiado de habitación y de compañero. La nueva no era distinta a la anterior: paredes blancas algo mal pintadas, sin ningún tipo de ornamentación, un armario, una litera arrinconada en la pared que ocupaba algo menos que medio espacio, un escritorio lleno de rayas y dibujos con bolígrafo, dos sillas y otra puerta que daba al baño. Todo tan similar que parecía la misma. Lo único que faltaba era Benjamin Montana y su cara de disgusto cada vez que le llamaba por el nombre y no por el apodo.
Todo había resultado un error. Mi compañero no era Montana, o al menos no por ahora, pues no había hecho nada malo como para recibir un castigo. Lo resumieron todo como un error de cálculo y prefirieron no hablar del chico fugado que ya me habían mencionado algunos internos.
Suspiré, negando con la cabeza, guardé todo lo que había traído conmigo en el armario y escogí la litera de arriba. Me encaramé a ella y me quedé estirada boca arriba, descansando todo lo que no me había atrevido a descansar durante los días anteriores.

Horas después apareció la que sería mi nueva compañera de habitación. Se llamaba Lea Vankouver, tenía una melena oscura que envidié casi al instante y unos ojos marrones que se posaron en mi en el mismo momento en que pisó la habitación. Sabía que no era por ser yo, sino por el simple hecho de ser alguien ahí dentro, alguien con quien hablar, con quien pasar las muchas horas vacías que sospechaba que tendría.
Cuando me saludó, no pude más que mostrarme amigable con ella y sonreírle de la manera más cordial que me habían enseñado.

- - -

Por suerte o por desgracia tenía 15 años, y la notificación de que los alumnos de 16 y 17 años podrían salir durante medio día del reformatorio no me beneficiaba de ninguna manera.
Observé a Lea, quien sí podía salir, remover un poco sus cosas, sin demasiado entusiasmo. Cuando se dio cuenta de que la estaba mirando paró de hacerlo y me miró.

- ¿No vienes?- negué con la cabeza.
- Tengo 15 años.
- ¿15 años?
- Sí. Montana, mi otro compañero de habitación, me enseñó a un chico más pequeño que yo que estaba aquí por algo de drogas.

Asintió con la cabeza. Parecía sorprenderle un poco que gente tan joven estuviera encerrada ahí. De hecho, incluso yo misma me sorprendía, pese a estar dentro del grupo de jóvenes.

Salí de la habitación con Lea para acompañarla hasta la puerta de salida, aunque al final sólo pude acompañarla hasta el patio. Ahí se había formado una cola de alumnos de entre dieciséis y diecisiete años, cola a la que tenía que dirigirse mi compañera, no yo. Yo tenía el paso vetado.
Vi a Benjamin entre ellos, rodeado de una panda de chicos de constitución parecida a él. Desbarató un poco la fila para adelantarse hasta llegar al lado de una chica de pelo rosa, que sonreía con una expresión entre soñolienta y tranquila. Le dijo algo; ella se río. Un poco más allá, un chico moreno de trenzas africanas les miraba con el ceño fruncido, mientras a su lado, un chico oriental, parecía completamente tranquilo. No tranquilo como la chica del pelo rosa, sino realmente tranquilo.
Después de estudiarles un poco, les di la espalda y observé lo que quedaba de patio, que no era poco. Necesitaba algo con lo que distraerme, algo que fuera real y no sólo una lectura. Y resultó que en esa realidad no había mucho que hacer: o me sentaba en un banco a esperar, o jugaba a básquet, o ejercitaba mi escasa masa muscular, o me drogaba, o me pudría.
Decidí darle una oportunidad al básquet.
La cancha no estaba desocupada, lo había visto de lejos, pero aun así me acerqué. De hecho, si no lo hubiera visto hubiera empezado a preocuparme por el estado de mi visión.
Cerca de la canasta, con una pelota de básquet entre las manos, se encontraba un chico robusto y sin camiseta, con una pequeña cresta rubia en la cabeza. Parecía mayor que yo, un año o más, y si era así, se suponía que no debía estar ahí.
Después de dudar unos instantes, me planté a su lado.
Me sacaba más de una cabeza de diferencia.

- Oye…- titubeé.- ¿Tienes 17 años? Porque...-señalé en dirección al autobús, el cual estaba empezando a ser ocupado por algunos chavales.
- Sí, tengo 17 años.- me dio la sensación que me miró durante más tiempo del debido, pero no me molestó.- ¿Por qué…?
- Porque se están yendo sin ti.
- ¡…Coño, es verdad! –Parecía realmente sorprendido con la situación.- Por una vez que puedo salir al mundo exterior, se me olvida, ¿te parece normal?- soltó un par de carcajadas.
- Bueno, te lo estabas pasando bien jugando- le sonreí.- Así que creo que es normal.
- Pues es verdad –se encogió de hombros.- Creo que me quedaré un poco más por aquí... por cierto, ¿cómo te llamas?
- Jaden Kroes. ¿Y tú?
- Randall Schneider –parecía extrañado de mi total ignorancia hacia su persona.- Pero tú puedes llamarme Randy... o cualquier otro diminutivo que se te ocurra.
- Es que soy nueva...-susurré como única explicación.- ¿Puedo llamarte Dy?
- ¿Dy? Bueno... supongo que suena bien.
- Te llamaré Randy, para que sepas que te estoy llamando a ti.- volví a sonreír Era mentira, iba a llamarle Dy hasta que me pidiera que no lo hiciera.

Le observé en silencio mientras hacía otra canasta. Parecía un buen chico, un buen y grande chico. No intentaba intimidarme ni nada parecido. No podía imaginarme por qué estaba ahí, o tal vez no quería romper esa primera impresión que había tenido de él. Aun así, me aventuré a preguntar.

- Y... ¿que haces aquí?
- Pues... jugar a baloncesto.
- Ya lo veo.- me reí. Su gesto de desconcierto me dejó bien claro que no había entendido la pregunta. Era mejor así.- ¿Siempre juegas sólo?
- No siempre, sólo cuando no hay nadie más por aquí... –miró a su alrededor y me sonrió.- ¿Quieres jugar?
- Me encantaría- quise tragarme las palabras casi al instante de haberlas pronunciado. Debía medir casi dos metros y era el doble de grande que yo. Iba a perder, estaba más que cantado. Me sonrojé.- Pero creo que perdería descaradamente. Además, te espera ese autocar.
- Pues que se espere un rato más el autocar, ¿no? Por lo menos, no me importaría perderlo si es para jugar contigo un rato –volvió a sonreírme. Desvié la mirada hasta el suelo.
- ¿Pero no te reñirán?
- Me han reñido tantas veces, querida Jaden, que por una más no pasaría nada.
- Pero no quiero que te riñan por mi culpa.
- Si yo me quiero quedar es cosa mía.- levanté la cabeza justo en el momento en que me guiñó un ojo. Suspiré, derrotada.
- Bueno, pero sólo un rato... aunque voy a perder.
- ¡Bien! –Después de dar un salto, me pasó la pelota.- Y bueno, Jaden, Jaden... ¿qué ha hecho una niña tan mona como tú para estar en un sitio tan horroroso como éste?
- Pues... secuestré a un compañero con unas amigas y quemé mi casa.- lo dije tan rápido como pude.- Y.... uhm.. ¿Y tú?
- ...Anda. –parecía sorprendido otra vez. Aun así, no perdió ni por un segundo las ganas de quitarme la pelota.- Pues yo maté a uno y pegué a otros tantos... y lo sigo haciendo. Lo de pegar, digo.
- ¿Por qué?
- Porque hay gente que me pone de los putos nervios –la sorprendida era yo, y yo no era tan buena como él, ni mucho menos. En dos segundos me quitó la pelota.- Digamos que soy así.
- ¿Y no sería mejor evitarles? Así podrías estar fuera de aquí.
- No sé... será que en el fondo me gusta esta cárcel y todo –mis esfuerzos para arrebatarle la pelota no parecían afectarle en absoluto. Intentó encestar. - ¡CANASTA!
- Deberías estar en un equipo de básquet.
- Es que a mí me van más... otro tipo de deportes. –Arqueó las cejas.- Pero bueno, eso nunca deja de ser un cumplido. ¿Quieres tirar tú, a ver si aciertas?
- Bueno, puedo probar...- Lo intenté. Y fallé.- ¿Qué otro tipo de deportes?- volví a mirarle y me di cuenta de la estupidez de la pregunta.- Ah. ¿Lucha y cosas así?
- Sí, he participado en varios torneos de Alemania. Por cierto, cuando tires, intenta hacerlo con un poco más de fuerza y mirando bien adónde apuntas. Venga, ¿qué tal si lo intentas otra vez? –volvió a pasarme la pelota.
- No se tirar, no tengo fuerza...- Otro intento, otro fallo.- ¿Ves?
- ¿Cómo que no tienes fuerza? No me seas nenaz... ah. –paró a tiempo al darse cuenta que, efectivamente, era una chica. Se acercó a mí tranquilamente, me colocó la pelota entre los dedos y se situó detrás de mí, cogiéndome los brazos. Me sonrojé de nuevo al instante. Esas situaciones no eran para mí. - Anda, ya verás cómo ahora no la fallas.

No fallé, pero el mérito era todo suyo. Él había aplicado la fuerza y la pose, yo solo dejé que me sujetara. Le sonreí y le pasé la pelota, que cogió al vuelo.
Se alejó hasta el centro de la pista.

- Oye, ¿qué te apuestas a que puedo marcar desde aquí?- torcí un poco los labios, pensativa, mientras él sonreía con gallardía.
- Lo que quieras.

Acertó.

- ¡TOMA! ¿¡Has visto, Jaden!?
- No sólo lo he visto, lo he sentido, ¡me ha pasado por encima de la cabeza!- su felicidad era contagiosa. Me reí con él.- Deberías dedicarte a esto, en serio.
- Si yo fuese tú, se me habría aplastado la cresta por el balón –volví a reírme.- Vaya, gracias. –se sonrojó. Tuve que parpadear dos veces para cerciorarme, y hasta la tercera no me lo creí.- Si fracaso en la lucha libre, ya sabré a qué dedicarme. Tú serías mi manager, ¿no?
- Si tú quisieras sí.
- Vale, entonces estás contratada, señorita Kroes. –volvió a guiñarme un ojo y yo volví a sonrojarme. Definitivamente, esas situaciones con chicos amables y buenos deportistas no eran para mí.
- Sabes… Creo... creo que si hiciste algo malo para terminar aquí debías de tener unos buenos motivos. Eres... Eres un buen chaval.- susurré un “no?” inaudible al final de la frase.
- Oh, Jaden, no me digas estas cosas, que consigues sonrojarme. La verdad es que maté a un tío porque no sólo se tiraba a la tía que me gustaba, sino que la pegaba. –Guardó silencio unos segundos y me miró.- Si alguien te hace daño, Jaden, dímelo INMEDIATAMENTE, que se va a acordar del tío Randall.
- No hará falta, no creo que nadie se fije en mí, y tampoco soy... "conflictiva".-voté un poco la pelota para dejar pasar el tiempo.- ¿Mataste al amante de tu novia… o algo así?
- Bueno... más o menos –entonces fue él quien clavó la mirada en el suelo.

Di un par de pasos hacia él, me acuclillé y le pasé la pelota a ras de suelo.

- ¿Te molesta que te lo haya preguntado?
- Oh... no. Me molesta más el hecho de haber recordado a... –se acuclillo para cogerla y la apretó con fuerza, con demasiada fuerza. Parecía a punto de reventar.
- Dy, Randy, lo siento.- lo dije rápido y en una mezcla de susurro-grito.
- No tienes por que disculparte.

Guardé silencio.

- Creo que tendré que disculparme por haberte hecho perder el autocar, al menos.

Se dio la vuelta y al comprobar que el autocar se alejaba, dejó la pelota en el suelo, se levantó de golpe y salió corriendo. Llegó hasta la puerta pero no la traspasó, unos guardas se lo impidieron. Esperaba que no confundieran el intento de Dy para atrapar al autocar como un intento de fuga.
Cogí la pelota abandonada y les observé un rato hasta que vi que tan sólo hablaban. Una vez segura de que no se había metido en problemas, volví a dejar la pelota donde estaba y entré en el edificio, en dirección a las habitaciones.
Una parte de mi quería esperar a que volviera para seguir hablando con él; la otra se sentía tremendamente mal por haberle recordado cosas que le hacían daño.

OUT
Zzzzzz....
Cambio de página, no es que haya borrado los posts... y talzzzzZzz...

Jaden - 2007-12-24

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Sankt Fremont es un reformatorio de Alemania, en el cual residen jóvenes de doce a diecisiete años con actitudes inapropiadas. Asisten a clase de lunes a viernes, tienen cita semanal con psicólogos y tienen una enfermería preparada para asistirles las 24 horas del día. También consta de una dura vigilancia que no dudará en apalizar al primer chico que intente escaparse, encerrar a aquellos que se porten mal durante días en una cámara oscura sin ventilación, cambiar cosas que puedan interesar a los internos por sexo, y un sin fin de métodos prohibidos. Sankt Fremont, necesitado de dinero, forma parte de la lista para una jugosa subvención, y para conseguirla, ha decidido lavarse la imagen. ¿Sólo fachada? ¿Realidad? Descúbrelo.

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